El Ñu el Pingüino y el Buitre Negro


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El Ñu el Pingüino y el Buitre Negro por Luis Alejandro Bernal Romero (Aztlek) se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 2.5 Colombia.

El Ñu, todos los días, pastaba tranquilamente en la sabana. Era una sabana en la cual todos sus hermanos, los otros ñues podían comer y sentarse a rumiar tranquila y libremente. También las cebras, los búfalos, las gacelas y muchos otros animales estaban en libertad de entrar comer y rumiar con sus amigos. Incluso los buitres, ellos sobrevolaban la sabana y cuando algún animal moría ellos se encargaban de llevar su alma al cielo. Era parte de sus costumbres.


Entre los buitres existe una jerarquía, el buitre más grande y fuerte es el que primero come y los demás pueden empezar a comer cuando él termine. Esta jerarquía es desafiada cuando el buitre jefe ya se está haciendo viejo y perdiendo las ideas para conseguir comida.

En el grupo de buitres de la sabana el jefe ya estaba llegando a esa edad cuando sus ojos no ven tan bien, los otros buitres se preguntaban quién sería su sucesor, quién desafiaría al jefe. Había entre ellos un buitre joven, muy inteligente, que tenía las plumas más negras que los otros, lo que lo hacía muy sombrío entre los buitres, el buitre negro. Él tenía una idea muy extraña.

– La sabana nos pertenece y los demás animales nos deben pagar tributo, por que nosotros vigilamos y limpiamos la sabana – decía el buitre negro mientras todos sus hermanos asentían.

El buitre viejo se oponía a esto y en muchas formas trató de convencer a los otros de que estas ideas no eran buenas para los animales de la sabana ni para ellos.

– La sabana es de todos y de nadie, no tiene dueño, cada uno contribuye con una tarea específica y eso hace que la sabana se desarrolle – decía sabiamente el buitre viejo.

– Esas son palabras necias de un viejo, ya es hora que las nuevas ideas tomen su puesto – pensaban los demás buitres.

Cada día que pasaba el buitre negro convencía a más de sus hermanos de que la sabana era de ellos y cada día el buitre viejo se debilitaba y conseguía menos comida para el grupo.

Llegó el día en que el buitre negro desafío al jefe mientras se comían una gacela muerta. Levantaron las alas en gesto de inicio de duelo. El buitre viejo esperó el ataque. El buitre negro lanzó unos cuantos picotazos, el buitre viejo los esquivaba gracias a su experiencia. Pero el buitre negro lanzaba y lanzaba picotazos mientras el buitre viejo comenzó a cansarse y cada vez era más lento. El buitre negro comenzó a acertar y acertar hasta que el buitre viejo cayó.

Ahora el buitre negro comenzó a comer de primero y el buitre viejo fue expulsado de la sabana.

Al día siguiente el buitre negro encomendó a sus hermanos hablar con los otros animales de la sabana sobre la conveniencia de pagar tributo por el uso de las tierras. Así cada buitre fue hablando con cada uno de los animales de la sabana y uno a uno eran convencidos de la idea.

Pero el Ñu no se convenció a pesar de que casi todos sus hermanos ñues comenzaron a pagar tributo.

– ¿Cómo es posible que tengamos que pagar por algo que siempre ha sido libre? – dijo indignado el Ñu.

Al otro día, los buitres decretaron que todo aquel que no pagara tributo no podría hacer uso de la sabana. La mayoría estuvo de acuerdo por que era lógico que si los buitres cuidaban la sabana deberían recibir algo a cambio.

– Si esas son las condiciones yo me marcho de la sabana por que no voy a estar en un lugar donde hay que pagar por algo que es libre.

– Esta ley es algo incómoda pero es la ley y hay que respetarla – decían sus hermanos ñues.

– Si, estoy de acuerdo, la ley debe respetarse, aún las más absurdas, por eso me marcho.

Pero él no sabía que la libertad que habían perdido tendría que ser construida nuevamente.

Caminó por muchos lados y en todas partes bandas de buitres exigían tributo por el uso de la sabana. El buitre negro ya les había hablado y convencido de que ello era lo natural, era lo que debería ser.

– ¿Qué puedo hacer para que mis hermanos y los demás animales puedan recuperar su libertad? ¿Por dónde empiezo?

Así que fue a pedirle consejo el búho sabio. Pero este búho no era como los demás, vivía en un árbol de acacia. Este árbol tiene muchas espinas largas que pinchan todo lo que se le acerca. Corría el rumor que este búho había podido hacer su casa en una acacia por que sabía algo que los demás no sabían. Por eso lo habían nombrado el más sabio entre los búhos.

– ¿Señor búho, sabio entre los sabios, cómo puedo hacer para que mis hermanos y los otros animales recuperen su libertad? – dijo solemnemente cuando llegó al árbol de acacia.

– Primero no me digas señor búho, dime solamente búho y segundo no soy tan sabio, sólo un poco terco, un defecto que algunos llaman la virtud de la perseverancia. Cuando estaba tratando de hacer mi casa en esta acacia todos me llamaban terco, ahora que lo he logrado me llaman perseverante – dijo con una expresión divertida en el rostro.

– Pero señor búho, perdón, búho – corrigió rápidamente el Ñu cuando vio la expresión ceñuda en el rostro del búho – ¿cómo lograste hacer tu casa en un sitio tan difícil?

– Mira debajo de mis plumas – y el búho levantó sus plumas para que el Ñu pudiera ver.

– !Estás lleno de cicatrices¡, pero …

– Si, son la cicatrices de las espinas de la acacia, las cicatrices de mi propia casa. Todos los días llegaba a esta acacia, a la misma rama y me sentaba en ella y todos los días la acacia me hería con sus espinas, pero yo seguía viniendo y la acacia hiriéndome, una y otra vez. Hasta que un día las espinas se cayeron y pude hacer mi casa en esta rama – un aire triunfante se dibujaba en el rostro del búho.

Ya entiendo por que los demás dicen que eres sabio. Pero volviendo a mi problema, cómo …

– Ñu, ya te contesté esa pregunta.

El Ñu se fue pensando pues no había entendido ¿De qué le servía a él la historia de un búho terco que hizo su casa en una acacia dejándole muchas cicatrices?

– No entiendo – se repitió una vez más el Ñu.

Así que caminó mucho, pero mucho más, y en todas partes veía como los animales eran sometidos a pagar por los pastizales que eran libres. Algunos animales morían por que no podían pagar y los buitres engordaban más y más. Al mismo tiempo se enteró de que todos los grupos de buitres tenían un jefe superior, el jefe de todos los jefes buitres, el buitre negro. Y además era considerado el buitre con mayores riquezas.

Un día, el Ñu llegó a un desierto, caminó por él hasta que ya no pudo más por falta de agua y alimento. Mientras yacía en la arena tuvo un espejismo, vio que el desierto era regado y plantado con pequeñas plantas de pasto y que en muy poco tiempo el desierto sé convertía en una sabana y que muchos animales llegaban a ella, pues era libre. Este milagro había sido posible por que otros animales le colaboraban a convertir el desierto, animales que pensaban como él.

Cuando despertó ya no estaba en el desierto y se encontraba rodeado de otros animales que lo miraban aliviados.

– Por fin te despertaste, estábamos preocupados – dijo una cebra.

– !Qué dormilón eres¡ – dijo un búfalo entre serio y divertido.

– ¿Cómo te sientes? – dijo una hermosa gacela.

– Me siento mucho mejor, aunque un poco débil ¿Pero, quiénes son ustedes?

– Nosotros somos animales que pensamos que las sabanas deben ser libres. Resulta que cada uno llegó por su cuenta donde el búho sabio y le preguntamos que hacer, nos relató la historia de como hizo su casa y nos dijo que esa era la respuesta – dijo el búfalo.

– Creo que conozco a ese búho terco, a mi me dijo lo mismo y me dejó con más preguntas que respuestas.

– Pero a nosotros nos dijo algo más, que habían otros que pensaban como nosotros y que los buscáramos – dijo la cebra.

– Además nos dijo que había un Ñu que tendría una visión y que nos llevaría al inicio de una era de libertad para los animales – dijo rápidamente la gacela, de esa forma como acostumbran a hablar las gacelas.

– Y nos dijo que te encontraríamos en el desierto y que tendríamos que salvarte – retomó la palabra el búfalo.

– Por qué será que conmigo no habló tanto ese búho, sólo me dejó pensar y pensar… ¿Una visión dijo? A si ya recuerdo, vi que el desierto se convertía en una sabana libre y que había cientos de animales que se encargaban de sembrar los pastos y traer agua para que crecieran.

– Pues creo que ya encontraste a los primeros de esos animales libres que se encargarán de hacer realidad la que ahora es nuestra visión – dijo emocionado el búfalo.

– Si – respondieron todos – lo haremos.

– Entonces construiremos esa sabana – dijo mientras se levantaba con nuevos ánimos.

Lo primero que hicieron fue buscar una zona del desierto que no estuviera tan adentro y que estuviera cerca del agua.

¿Pero de donde sacaremos el pasto? – advirtió preocupada la cebra.

– Creo que debemos recolectarlo aquí y allá pues él crece en cualquier lado, eso lo he visto en mis viajes. Pero debemos sacar esas plantas de lugares a los que los buitres no tengan acceso, deben ser plantas libres.

Así que los animales se fueron por distintos caminos para buscar el pasto. El Ñu también partió y encontró algunas plantas que estaban un poco raquíticas, pero como él sabía de sus viajes, eran plantas que prometían y lo mejor de todo, eran plantas cultivadas por animales que querían ser libres.

Cuando regresó a la tierra desértica traía muchas plantas y muchos otros nuevos amigos y sus amigos a su vez traían más plantas y más amigos. Algunos incluso habían desarrollado métodos para hacer que las plantas se volvieran más resistentes a lo largo de generaciones.

De esa forma encontraron solución a un problema que no habían pensado. En el desierto a las plantas les cuesta mucho trabajo crecer, pero si se escogían a las más fuertes y así durante varias generaciones podían desarrollar plantas muy resistentes y hasta más alimenticias que las originales.

En su camino el Ñu y sus amigos hablaban con otros animales y los invitaban a unírseles. La mayoría decían que estaban locos, que era imposible plantar en el desierto y que esa nueva tierra no contaba con las supervisión de los buitres y que estos con los tributos que les daban los otros animales estaban desarrollando pasto con colores y sabores distintos, eran plantas muy bonitas.

El Ñu se acercó a ellas y con la experiencia que le habían dado sus viajes y el plantar en el desierto vio que esas plantas no eran resistentes, que en una sequía podrían morir fácilmente. Los colores y los sabores las hacía más débiles y para nada alimenticias. Les comentó esto a los otros animales pero no le creyeron.

– Como va a ser posible que tu grupo de animales desarrollen mejores plantas, que son más fuertes y que además no tienen los colores y sabores de moda. No puedes hacerlo, puesto que tu no recoges tributos – dijeron estos animales y se negaron a probar los pastos libres.

Y es que esos animales ya habían nacido bajo el reinado de los buitres y no sabían como eran las cosas cuando la sabana era libre.

El Ñu les contaba sobre las virtudes de las nuevas plantas y los invitaba a conocer la nueva tierra. Unos pocos aceptaban y muchos de estos se devolvían al ver que había mucho trabajo por hacer y además las plantas no tenían los sabores y colores de moda.

El desarrollo de la planta resistente se demoraba mucho, pero el Ñu y sus amigos seguían creyendo en su visión y entre más resistencia y dificultades hubiera más contentos se sentían.

Mientras tanto en una tierra fría y de mucho hielo un pingüino comenzó a desarrollar una planta. Al principio era muy pequeña casi siempre se moría con la primera helada.

El Ñu viajaba tan lejos buscando plantas que un buen día, uno de esos en que se hace amigos para siempre, conoció un ave negra sentada, barrigona y con una sonrisa y ojos alegres. Al principio le recordó a los buitres pero su vientre era blanco.

– Soy un pingüino y estoy desarrollando esta planta que algún día espero será fuerte y alimenticia – le dijo el pingüino al Ñu cuando preguntó quién era él.

El Ñu le contó de su visión, de como veía una gran sabana en donde los demás animales eran libres y de como ya lo estaba haciendo y que las plantas desarrolladas en su sabana podían convivir con la desarrollada por el pingüino.

Al pingüino le gustó la idea e hizo que su planta fuera libre, como lo había dicho el Ñu y le contó a sus otros amigos lo que estaba haciendo y a ellos les gustó mucho y comenzaron a trabajar en esa planta. Y ella fue creciendo y haciéndose más y más resistente. Y cada día que pasaba habían más pingüinos que ayudaban o que usaban la planta y los pingüinos no sólo eran de su tierra sino que había muchos de muchas partes del mundo.

Un día los pingüinos descubrieron que habían inventando una nueva forma de trabajar en la cual cada uno hacia lo que le gustaba y compartía lo que había aprendido. La noticia de esta forma de trabajar llegó a las otras sabanas libres, pues ya eran muchas, e hizo que crecieran mucho más y que también aparecieran muchas nuevas.

Con el tiempo el Ñu y el pingüino establecieron una muy buena amistad, todo lo que el grupo de pingüinos descubría se lo contaban al grupo del Ñu y viceversa, pero también le contaban a los otros animales, así no fueran libres y esto ayudó a que aparecieran más sabanas libres.

Y también esas plantas que desarrollaron el grupo del pingüino y el Ñu comenzaron a ser usadas en las sabanas no libres y por esas pequeñas parcelas de plantas no se pagaba tributo y de esa forma la libertad comenzó a meterse en las sabanas no libres.

Entonces el Ñu le contó al pingüino la conversación que había tenido con el búho años atrás y por fin entendió su enseñanza. Y el pingüino estuvo de acuerdo en no volver a llamar al búho terco sino el más sabio entre los sabios.

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